Querida tía Hina:
Soy Makoto, tu sobrina favorita. Me siento un poco estúpida escribiéndote esto, pero me pediste que, cuando este verano viniera a trabajar a tu tienda de conveniencia en los turnos de noche, escribiera todo lo que se me pasara por la cabeza en una libreta. Reconozco que al principio me sentía ridícula, pero a base de escribir día tras día, he entendido lo que querías. Tras haber terminado mi último turno, y todavía con la tristeza por mí partida pero también con la melancolía de haber descubierto el porqué de tu pasión por este trabajo, te escribo una última vez.
Voy a serte sincera: esto de trabajar suena siempre aburrido, ser dependienta de una tienda tan básica suena todavía peor, y hacerlo durante el turno de noche, donde solo recibes un par de visitas cada día, lo hace todo todavía más desalentador. Ante ese panorama, empecé a encontrar placer en las pequeñas cosas, en las pequeñas tareas que completaba sin sentir la presión del paso del tiempo en ningún momento. Esas pequeñas acciones, aparentemente irrelevantes, esconden gestos que luego hacen la vida mejor a las demás personas. Recuerdo que, en las primeras noches, viendo la cantidad de tiempo que tenía, me dedicaba a girar todos los envases para que ninguno de ellos estuviera al revés. Es algo que hacía por mí, porque me aburría y porque tengo cierta manía de ver todo ordenadito y bien colocado, pero tras un par de noches no lo hacía por mí, sino por los clientes que venían, que muchas veces tenían dificultades a la hora de encontrar y leer los productos por no estar puestos como deberían. Entonces me di cuenta de lo que estaba pasando, de cómo mis pequeñas acciones, para mí insignificantes, servían para ayudar a los demás, y de cómo eso les hacía la vida más fácil, aunque solo fuera durante unos pocos segundos. Conseguí abrir mis puertas para descubrir lo bonito que es un trabajo tan mundano.
Así, comencé a pensar en cómo hacer más fácil la vida a personas que lo necesitaran. Para esto, me ayudaron nuestros propios clientes, que hacían continuas sugerencias que siempre tenía en cuenta. Ya sea bajar a los estantes más bajos de la nevera el natto para que Satoshi, un niño de doce años que venía a diario, pudiera alcanzarlo, o subir productos destinados a la población más envejecida a los estantes más elevados para que no tuvieran que agacharse a doblar la espalda, dediqué mis ratos muertos a intentar hacer de la tienda un lugar mejor. También aprendí estrategias de ventas especiales, como dejar algunas bolsas de arroz cerca de la comida enlatada para que se complementen o reservar espacios especiales a refrescos de temporada. En cualquier caso, jamás sentí que en nuestra tienda fuera tan importante hacer dinero, ni siquiera vi en ningún momento un informe de ventas o un objetivo a cumplir, tan solo sentí que estaba en un lugar libre donde lo único que importaba era conseguir la satisfacción del cliente. Creo que por esto estamos ante algo tan especial.
Vivir en un pueblo tan pequeño tiene sus ventajas y sus inconvenientes, como también pasa con trabajar en el turno de noche. He conocido a cuatro clientes, que venían casi a diario, lo cual se me ha hecho un poco extraño. Solo cuatro, sí, pero todos ellos, incluso el niño repelente de Satoshi -no le digas que hablo así de él- han tenido historias atrapantes que contarme, incluso cuando lo que cuentan no es tan trascendente. Supongo que es debido al arte de contar historias que han tenido, ya que nunca me han secuestrado por largos periodos y siempre era un placer escuchar todo lo que tuvieran que decirme. También he disfrutado de esa relación con mis compañeros a través de apuntes en la libreta o notitas por toda la tienda, incluso cuando muchas de ellas estaban un tanto escondidas y me pedían cosas que ya no podía hacer. La verdad es que al principio se sentía abrumador, porque parecía una yincana eso de encontrar las tareas, pero cuando me di cuenta de que se trataba más de relajarse y fluir que de completar objetivos, todo empezó a ir mejor.
He disfrutado de las pequeñas cosas de mi puesto de trabajo. Más allá de poner cada cosa en su sitio, me sentía como una espía mirando de reojo a cada cliente para ver qué estaba echando en su cesta. Primero, porque siempre estaba atenta a reponer aquellos productos escasos, y segundo, porque sus compras contaban historias. Su combinación de productos me hacía presenciar cómo iban a ser sus próximas horas. Es curioso cómo se produce un ambiente muy concreto en ese momento en el que vienen a pagar y yo puedo asomarme a sus vidas, escaneando los códigos de barras al mismo ritmo que mi cerebro iba imaginándose su inminente escenario. Una vez hecho, también disfrutaba del sonido de las moneditas que contabilizaba con cuidado para devolver el cambio exacto. Por fin las matemáticas me sirvieron para algo.
Aunque este trabajo conlleva más de lo que la gente cree, con continuas llamadas a reponedores y preparación de pedidos especiales para envíos, sacaba tiempo para salir fuera de la tienda a mirar el amanecer. Otras veces me asomaba por la noche para sobrevivir al calor veraniego con un poco de brisa que me aliviara cuerpo y alma. Me encantaba hacer esto y ver a lo lejos cómo se acercaba el coche que traía a mí siguiente cliente. Me hacía sentir todavía más conectada con el pueblo, sintiéndose todavía más vivo. El sonido de la moto de Satoshi -el chiquillo repelente, de nuevo avisada quedas de que no debes decirle lo mal que me cae-, el parpadeo de los frigoríficos mostrando una fragilidad tan grande como su peso, los ventiladores refrigerando las salas, los grillos en la noche o el corte del celo de las cajas de los nuevos productos que iban llegando para reponer en los estante. Tal y como me dijiste, antes de abandonar me paré a escuchar cada sonido, cada detalle de esa tienda, para que nunca se me olvide todo lo que aprendí allí.
Volvería a pasar por tu tienda todas las veces que fuera necesario, pero hay cosas que han de terminar cuanto antes para que su recuerdo quede más tiempo. No me dio tiempo a aburrirme, estuve el tiempo justo para sentir que todo aquello había merecido la pena incluso cuando no me parecía el mejor plan posible de primeras. De momento, ha conseguido que cuando vaya a otras tiendas sienta el mimo que hay detrás de que cada cosa no solo esté en su sitio, sino que además está un poco más hacia fuera para que mi brazo no tenga que buscar hasta el fondo. ¿Alguna vez has tenido un muy mal día, con cosas verdaderamente terribles, y lo que hace que te derrumbes es encontrar que todavía tienes que bajar la basura? Son estos pequeños detalles los que nos hacen la vida más fácil, y ni siquiera nos paramos a apreciarlos.
Jugado en PC a través de la suscripción a Xbox Game Pass Ultimate.



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