martes, 23 de mayo de 2017

Rust: Diario de un Desnudo - Capítulo 3: El Servidor Pacifista



Es recomendable leer los capítulos anteriores del Diario de un Desnudo.

Tras esa primera aventura, nos tocó lo que siempre toca, hacer un poco de investigación. Empezamos a entender un poco el juego y, por obra de arte, nos encontramos con el mejor servidor del mundo para novatos. Un servidor español pacifista donde las reglas permitían que te pudieras hacer una casa sin que nadie te atacara. Una vez construida, sí que se autorizaban los asaltos y derivados, pero la gente era demasiado maja como para algo así -en teoría, ya veréis-. A nuestro alrededor se encontraban casas abiertas, gente durmiendo en el suelo, letreros con "paz y amor" y arcoíris pintados. Muy sectario todo. Tan sectario que eso parecía Silent Hill.

Nuestro primer día allí fue curioso. Íbamos un amigo y yo buscando el sitio para construir cuando, sólo después de haber puesto un par de cimientos, aparece un tío petado con armadura y un rifle tochísimo en dirección a nosotros. Yo hasta lo vi a cámara lenta, y juraría que tenía una lustrosa melena al viento. Mi amigo y yo acojonados, casi sin hablar por Skype y con el agujero del culo que no nos cabía un Conguito. El hombre se acercó, miró el suelo, nos miró a nosotros y dijo "suerte" y se fue. Le faltó tirarnos flores. Luego se nos abrió el agujero del culo y empezamos a cagar como locos después de ese momento tan tenso.


Nos hicimos la casa ahí con cierta relajación. La casa era bonita, y no, tu casa de Rust nunca tiene que ser bonita. Tenía sus escaleritas, sus ventanas, sus huertecito. Muy Pin y Pon. Claro, nosotros muy adorables poniendo ventanas en el primer piso, a pie de calle, porque es que nos huelen mucho los pies y necesitamos mucha ventilación. El caso, no sólo ponemos ventanas sino que encima las ventanas daban a nuestra habitación del "loot", la habitación donde estaba todo lo que íbamos recopilando. Directamente a los cofres. Podías pasar por ahí y, aunque las ventanas tenían rejilla, podías meter mano a los cofres fueras quien fueras. Una obra de arte de la ingeniería bélica.

Claro, el servidor estaba lleno de gente pacifista, pero no de gente gilipollas. El resultado fue que nos acabaron hasta tirando la ventana para poder entrarnos por ahí, y así lo hicieron, llevándose todo lo que había -cuatro tonterías, no nos engañemos-. No podían acceder a la salita donde dormíamos porque había una puerta entre medias, pero vaya... En ese momento de caos, uno de mis amigos tras comprobar que nos habían asaltado, se dejó la puerta abierta -la que daba a la habitación del loot- y se fue a dormir. Los asaltantes podían campar ahora por toda la casa. Claro está, no había nada más en la casa, pero entraron y dejaron en un mural mensajes tan bonitos como "arriba la Esteban" y "gracias por dejar la puerta abierta".

En ese momento abandoné mi hogar y mi ordenador durante cerca de un mes. El hogar real, quiero decir. Estábamos empezando con el Rust, llevábamos jugados unos cuatro o cinco días -muy intensos- y podían pasar dos cosas. Uno: que cuando volviera me encontrara con un castillo gigante lleno de trampas mortales para incautos y que mis amigos se bañaran en sangre de vírgenes y tuvieran esclavizado a todos los del servidor. Dos: que cuando regresara de mi retiro hubieran dejado de jugar y me hubieran dejado a mí con el mono más grande de la historia de los videojuegos. Además, ese mes de ausencia incluía no tener internet, por lo que no había manera de saber qué estaban haciendo.

Como me gustan los cliffhanger, os dejo aquí y os cito para el próximo capítulo.

1 comentario :